McLeod Ganj y el Dalai Lama

El calor nos perseguía desde que llegamos a la India, así que cuando ya no pudimos más decidimos huir hacia las montañas. Nuestro primer intento fue Shimla, un lugar que en tan solo unas horas escaló posiciones hasta conseguir el título de pueblo más desagradable del mundo. El pueblo en sí es bonito, ideal para respirar un poco de aire fresco y evadirse de los constantes cláxones en sus calles peatonales. El problema es que al ser la primera vía de escape desde Delhi, estaba invadido de indios nuevo-ricos que para dejar bien clara la diferencia de clase social hablaban a cualquier persona que les atendiera en restaurantes, hoteles y tiendas en inglés. Obviamente, al ser un destino vacacional para gente pudiente, habitaciones al estilo indio (cutres donde las haya) costaban diez veces más que en cualquier otro lugar. Absolutamente todos los hoteles estaban llenos, y los que no lo estaban pedían más de 50 euros por una cama sin tan solo derecho a ducha. Tras ocho horas de búsqueda, muertos de cansancio por haber pasado las últimas 24 horas en tres trenes distintos, soportando que cualquier persona que se acercara nos quisiera engañar, finalmente conseguimos ser timados y nos fuimos a dormir con la necesidad imperiosa de marcharnos en cuanto pudiéramos.

La siguiente noche la pasamos en un bus nocturno que nos llevó a McLeod Ganj, donde por fin encontramos la tranquilidad que estábamos buscando. En 1959, diez años después de que China invadiera Tibet, India dio asilo a His Holiness Tenzin Gyatso, el 14º Dalai Lama. Desde entonces, el cuartel general del gobierno tibetano en exilio se encuentra en este pequeño pueblo, que hasta el terremoto de 1905 fue un centro administrativo del gobierno colonial inglés.

Desde que en mayo de 1949 la armada china llegó a Lhasa con el objetivo de liberar pacíficamente Tibet (hasta aquél entonces un reino autónomo gobernado por la dinastía espiritual del Dalai Lama) 1.2 millones de tibetanos han sido asesinados y el 90% de la herencia cultural del país ha sido destruida. Actualmente hay más de 250.000 refugiados que lo dejaron todo en su tierra para cruzar los Himalayas en búsqueda de asilo en India. Muchos de ellos viven ahora en McLeod Ganj, donde intentan rehacer su vida trabajando en el campo, vendiendo artesanía o dedicándose a algún negocio relacionado con el alto número de extranjeros que se acercan hasta este pueblo interesados por la cultura tibetana y el budismo. Uno de los chicos que estaba al cargo de un café al que cada día fuimos a desayunar nos explicó que el grupo con el que iba, en el cual había tres criaturas, tardó 43 días en cruzar a pie los Himalayas que separan Tibet de India.

Tuvimos la gran suerte de que nuestra estancia coincidiera con unas jornadas en que el Dalai Lama daba enseñanzas sobre budismo tibetano. Nosotros no estamos demasiado interesados en la religión, pero no se presenta cada día la oportunidad de tener el honor de escuchar a un Premio Nobel de la Paz, así que no nos lo pensamos ni un minuto. Las jornadas duraron dos días y tuvieron lugar en el Tsuglagkhang, el complejo que comprende la residencia oficial de His Holiness, el Museo Tibetano, en el que se ilustra la ocupación china y sus terribles consecuencias, y el Templo.

Dado que las enseñanzas fueron organizadas por un grupo vietnamita, las palabras que el Dalai Lama pronunciaba en tibetano eran posteriormente traducidas al vietnamita por los muchos altavoces instalados por todo el recinto. Pero cuando las enseñanzas se realizan en India hay un gran montaje de traducción por radio en varios idiomas, entre ellos el español. Así que allí fuimos, sin nada más que una pequeña radio y un cojín para sentarse en el suelo tal y como marca la tradición tibetana, ya que tanto los móviles como las cámaras de fotos y video estaban prohibidas. Compartimos te y pan junto con los dos o tres mil asistentes y disfrutamos mucho comprobando que a muchos de ellos, con tan solo la presencia de su líder espiritual, se les iluminaba la cara.

Puedes creer o no en la religión, pero el Dalai Lama, con su amplia sonrisa tan característica, desprende un llámale “energía” indescriptible. Al pasar a menos de un metro de nosotros lo pudimos comprobar.

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